162. QUIEN MATO A MADERO. JOSE ANTONIO MARTINEZ ALVAREZ

 El autor hace una descripción interesante y precisa sobre los nefastos crímenes que sucedieron en febrero de 1913 en la ciudad de México. Durante mucho tiempo se ha sabido que los asesinos de los renunciantes presidente y vicepresidente, Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, respectivamente, fueron autorizados por Victoriano Huerta, uno de los más grandes traidores de la historia de México. 

Para recordar, el autor nos presenta los testimonios originales de los que participaron en este drama. El embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, merece también figurar entre los instigadores de estos asesinatos a mansalva. El embajador estaba guiado no por las intrigas del imperio sino por sus personales ansias de venganza, ya que Madero no le había dado ciertas concesiones económicas. El mismo presidente norteamericano le había pedido que abogara por la vida de los prisioneros mencionados, así como un grupo de embajadores de países amigos como Cuba y Japón. 

Wilson trabajó concienzudamente  para conjuntar el apoyo de porfiristas como Félix Díaz, Ignacio de la Torre, rico hacendado, y políticos inconformes como Bernardo Reyes y Rodolfo Reyes. En el asesinato directo, por órdenes de Huerta (quien al parecer tomó la decision en pleno estado etilico) y su grupo de ministros, estuvieron Rodolfo Cárdenas y un cubano, Figueras.

También se ha dicho que Madero pecó de ingenuidad y puede ser cierto. Después de la caída de Porfirio Díaz y de ganar las elecciones parecía ejercer una política de conciliación. Los rezagos del régimen caído y los nuevos alzamientos dificultaron esa política maderista. Un error clave fue que se habían comprado enormes cantidades de armas y parque en Bélgica y fueron almacenados en La Ciudadela con apenas vigilancia. Esas armas representaban cerca de 10 veces las que habían en el resto del territorio nacional. 

Por eso, naturalmente, Félix Díaz ocupó la Ciudadela con apenas resistencia y ese hecho desbalanceó la frágil estabilidad. Después de los asesinatos, Huerta traicionó a su mismo compinche, Félix Díaz, quien había pedir estar como candidato presidencial pero los comicios fueron retrasados varios meses por Huerta. Al final, en septiembre de 1913, Díaz ni siquiera pudo ser candidato y el ganador fue Huerta.  Un año duró en el cargo el sátrapa y renunció al faltarle el apoyo de los estadunidenses. Moriría dos años después, de cirrosis alcohólica en El Paso, Texas. 

 

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